Arquitectura y tradiciones
Por: Oscar Alfonso Pabón Monroy (*)
Viejos pasajes y corridos cuentan con detalles sobre las sencillas formas de las viviendas propias del territorio llanero. Otros recientes cantos con nostalgia relatan la desaparición de aquella arquitectura ancestral, principalmente en las zonas urbanas.
En Villavicencio tenemos dos lugares, uno oficial y otro privado, que enseñan a escala normal lo que pudo ser la arquitectura vernácula del llano.
En el parque Las Malocas se localiza el Hato Santa Elena que trata de ser una réplica de un hato llanero, con varias construcciones levantadas con madera, cubiertas con hojas de palma y paredes de concreto con texturas que simulan adobe.
Cada casa con sus muebles, enseres y corotos deja apreciar su uso campesino. Aunque la gobernación del Meta no lo publicita como tal, para mí ese lugar es un completo museo de artes y tradiciones llaneras. Dentro del mismo parque está algo parecido a un pueblo sabananero. Esta obra difiere mucho de los patrones autóctonos.
Vecino a esos conjuntos se construyó el sendero de los mitos y las leyendas. En su ruta se encuentran siete espantos propios del folclor demosófico llanero. Tanto la abstracción artística como las esculturas están muy bien logradas. Sola hay un pero, les faltan las placas respectivas con los nombres tanto del mito como del autor de la obra.
En el rumbo a Puerto López, se ubica el parque Merecure. A la orilla de su inmenso lago se levantó un pintoresco y curvo poblado, cuyas casas de fachadas irregulares trasladan al visitante a los añejos puertos de Orocué y Cabuyaro.
Surge aquí una paradoja: el modernismo borró la pueblerina arquitectura llanera, sin embargo el mismo modernismo hace posible recrearla en las ciudades.
(*) Comunicador Social comunitario
martes, 3 de agosto de 2010
El herbario de la Unillanos
El Herbario Llanos de la Unillanos
Por. Oscar Alfonso Pabón Monroy (*)
Dentro de la sede Barcelona de la Universidad de los Llanos existe un banco que guarda algo más de 10.000 muestras de especies vegetales, todas propias de la región orinoquense. Los ejemplares traídos desde disímiles sitios se conservan disecados en el quizá más importante Herbario de todo nuestro territorio.
Su nacimiento ocurrió en 1987 gracias a la financiación de un proyecto presentado al Instituto Colombiano para la Educación Superior, ICFES. Tres años después obtuvo el reconocimiento institucional mediante el acuerdo 106 de 1990 expedido por el Consejo Superior de la universidad.
En 1997 recibió del Missouri Botánica Garden otro aporte financiero, con el que se adecuaron sus instalaciones y se le dotó con bibliografía. Cumpliendo la ley y de la normatividad del Ministerio de Medio Ambiente, en el año 2000 la colección del herbario con el acrónimo “Llanos” fue registrada ante el Instituto Alexander Von Humboldt.
En alto porcentaje los ejemplares coleccionados en el Herbario Llanos están identificados por familia, género y especie. Desde su nacimiento el herbario ha estado bajo la dirección de Luz Mila Quiñónez Méndez, Bióloga pura de la Universidad Nacional, cuyos méritos profesionales son reconocidos en el contexto internacional.
Este importante centro, por demás poco conocido tanto al interior como al exterior del Alma Mater, entre otras tiene las siguientes funciones:
• Estudia la flora de la Orinoquia
• Es centro de información florística de la región
• Apoya a investigadores de la institución como de otras que la demandan, incluidas instituciones de educación media
• Y, estimula la formación de investigadores en el campo de la botánica
A comienzos de mayo anterior, con motivo del 34° aniversario de vida académica de la Unillanos, se organizó en el herbario una exposición de especies vegetales emblemáticas del Llano. Se exhibieron entre otras las láminas del Sarrapio, la Ceiba, el Cañofistol, el Palo de cruz, el Yopo y el Maraco.
La tarde de la inauguración entre los asistentes al sencillo evento académico estuvo un grupo de estudiantes de bachillerato del colegio agropecuario con sede en la región de Cháviva, jurisdicción de Puerto López.
Los chicos y las chicas aprendieron sobre técnicas de recolección y conservación de plantas, ya que tienen el propósito de participar en un evento sobre herbarios convocado por el Ministerio de Educación.
Además de su directora, Luz Mila Quiñónez, el Herbario Llanos cuenta con el apoyo de la bióloga Elvinia Santana, el ingeniero agrónomo Francisco Castro y Gonzalo Herrera que se desempeña como técnico operario.
Gracias a su prestigio entre los círculos nacionales e internacionales de la ciencia botánica, el Herbario Llanos con alguna frecuencia es visitado por investigadores colombianos y extranjeros.
Es conveniente resaltar que este recinto especializado en la flora orinoquense representa un enorme valor patrimonial no solo para la Universidad de los Llanos sino para la región y el país.
En tiempos conmemorativos al bicentenario del Sabio Mutis realizador de la Expedición Botánica, vale la pena visitar el Herbario Llanos ubicado en la sede Barcelona de la Unillanos.
Comunicador Social comunitario / Coordinador Cultural de la Unillanos
Por. Oscar Alfonso Pabón Monroy (*)
Dentro de la sede Barcelona de la Universidad de los Llanos existe un banco que guarda algo más de 10.000 muestras de especies vegetales, todas propias de la región orinoquense. Los ejemplares traídos desde disímiles sitios se conservan disecados en el quizá más importante Herbario de todo nuestro territorio.
Su nacimiento ocurrió en 1987 gracias a la financiación de un proyecto presentado al Instituto Colombiano para la Educación Superior, ICFES. Tres años después obtuvo el reconocimiento institucional mediante el acuerdo 106 de 1990 expedido por el Consejo Superior de la universidad.
En 1997 recibió del Missouri Botánica Garden otro aporte financiero, con el que se adecuaron sus instalaciones y se le dotó con bibliografía. Cumpliendo la ley y de la normatividad del Ministerio de Medio Ambiente, en el año 2000 la colección del herbario con el acrónimo “Llanos” fue registrada ante el Instituto Alexander Von Humboldt.
En alto porcentaje los ejemplares coleccionados en el Herbario Llanos están identificados por familia, género y especie. Desde su nacimiento el herbario ha estado bajo la dirección de Luz Mila Quiñónez Méndez, Bióloga pura de la Universidad Nacional, cuyos méritos profesionales son reconocidos en el contexto internacional.
Este importante centro, por demás poco conocido tanto al interior como al exterior del Alma Mater, entre otras tiene las siguientes funciones:
• Estudia la flora de la Orinoquia
• Es centro de información florística de la región
• Apoya a investigadores de la institución como de otras que la demandan, incluidas instituciones de educación media
• Y, estimula la formación de investigadores en el campo de la botánica
A comienzos de mayo anterior, con motivo del 34° aniversario de vida académica de la Unillanos, se organizó en el herbario una exposición de especies vegetales emblemáticas del Llano. Se exhibieron entre otras las láminas del Sarrapio, la Ceiba, el Cañofistol, el Palo de cruz, el Yopo y el Maraco.
La tarde de la inauguración entre los asistentes al sencillo evento académico estuvo un grupo de estudiantes de bachillerato del colegio agropecuario con sede en la región de Cháviva, jurisdicción de Puerto López.
Los chicos y las chicas aprendieron sobre técnicas de recolección y conservación de plantas, ya que tienen el propósito de participar en un evento sobre herbarios convocado por el Ministerio de Educación.
Además de su directora, Luz Mila Quiñónez, el Herbario Llanos cuenta con el apoyo de la bióloga Elvinia Santana, el ingeniero agrónomo Francisco Castro y Gonzalo Herrera que se desempeña como técnico operario.
Gracias a su prestigio entre los círculos nacionales e internacionales de la ciencia botánica, el Herbario Llanos con alguna frecuencia es visitado por investigadores colombianos y extranjeros.
Es conveniente resaltar que este recinto especializado en la flora orinoquense representa un enorme valor patrimonial no solo para la Universidad de los Llanos sino para la región y el país.
En tiempos conmemorativos al bicentenario del Sabio Mutis realizador de la Expedición Botánica, vale la pena visitar el Herbario Llanos ubicado en la sede Barcelona de la Unillanos.
Comunicador Social comunitario / Coordinador Cultural de la Unillanos
La familia Achagua
La familia Achagua
Por: Oscar Alfonso Pabón Monroy (*)
El Diccionario Histórico Geográfico de la América Meridional autoría de Gian Doménico Coleti, S.J., aparecido en 1771, define así a los Achaguas: “Nación bárbara a la entrada de las llanuras de Casanare y Meta, en el Nuevo Reino de Granada. Manejan estos bárbaros con gran destreza las lanzas y arrojan los dardos sin fallar; son de naturaleza dócil, pero muy dados a la embriaguez”.
De la familia Achagua la antropóloga María Eugenia Romero en su libro “Senderos de la memoria: un viaje por la tierra de los mayores” (1994), dice: “en la época de la Conquista era bastante numerosa e importante por su cultura y organización en los Llanos…. Su lengua pertenece al grupo Arawak del Orinoco”.
En el mismo documento cuenta que en el Meta se ubica en las comunidades de La Victoria y El Turpial, jurisdicción de Puerto López.
Poco hace que el Instituto departamental de Cultura, acompañado por el Ministerio de Cultura, organizó un Encuentro de Saberes con Achaguas y Piapocos, teniendo como sede la Casa de la Cultura del porteño municipio.
Tan importante evento antropológico permitió a los organizadores dimensionar la riqueza cultural de estos nativos algo desconocidos y totalmente olvidados. Ese día a Antonio Lozano, gestor cultural, una indígena achagua le dijo que la voz Menegua significa “madre del agua”.
Como hay mucho por hacer por los Achaguas, sugiero con urgencia el censo de su población, pues se dice que esta étnia irremediablemente va rumbo a la extinción.
Nota: mañana la Unillanos celebra el Día de la Llaneridad con el panel Llanero si soy llanero a cargo de Alberto Baquero N. y Pedro Pablo Pérez P. Será en la sede San Antonio de El Barzal desde las 9:00 a.m. ¡Entrada libre pero con cotizas!.
(*) Comunicador Social Comunitario
Por: Oscar Alfonso Pabón Monroy (*)
El Diccionario Histórico Geográfico de la América Meridional autoría de Gian Doménico Coleti, S.J., aparecido en 1771, define así a los Achaguas: “Nación bárbara a la entrada de las llanuras de Casanare y Meta, en el Nuevo Reino de Granada. Manejan estos bárbaros con gran destreza las lanzas y arrojan los dardos sin fallar; son de naturaleza dócil, pero muy dados a la embriaguez”.
De la familia Achagua la antropóloga María Eugenia Romero en su libro “Senderos de la memoria: un viaje por la tierra de los mayores” (1994), dice: “en la época de la Conquista era bastante numerosa e importante por su cultura y organización en los Llanos…. Su lengua pertenece al grupo Arawak del Orinoco”.
En el mismo documento cuenta que en el Meta se ubica en las comunidades de La Victoria y El Turpial, jurisdicción de Puerto López.
Poco hace que el Instituto departamental de Cultura, acompañado por el Ministerio de Cultura, organizó un Encuentro de Saberes con Achaguas y Piapocos, teniendo como sede la Casa de la Cultura del porteño municipio.
Tan importante evento antropológico permitió a los organizadores dimensionar la riqueza cultural de estos nativos algo desconocidos y totalmente olvidados. Ese día a Antonio Lozano, gestor cultural, una indígena achagua le dijo que la voz Menegua significa “madre del agua”.
Como hay mucho por hacer por los Achaguas, sugiero con urgencia el censo de su población, pues se dice que esta étnia irremediablemente va rumbo a la extinción.
Nota: mañana la Unillanos celebra el Día de la Llaneridad con el panel Llanero si soy llanero a cargo de Alberto Baquero N. y Pedro Pablo Pérez P. Será en la sede San Antonio de El Barzal desde las 9:00 a.m. ¡Entrada libre pero con cotizas!.
(*) Comunicador Social Comunitario
Barrio El Barzal
Barrio El Barzal
Por: Oscar Alfonso Pabón Monroy (*)
El levantamiento de la historia de la gran mayoría de los barrios de Villavicencio está por hacerse. Por muchos años el poblado conservó su estructura urbanística primitiva, pero a partir del final de los cincuenta y comienzos de los sesenta del anterior siglo el perímetro urbano comenzó a modificarse sustancialmente.
A continuación cito algunos apuntes históricos del señor Carlos Mejía Gómez, que dejan conocer asuntos relacionados con los terrenos que hoy ocupa el barrio El Barzal.
En los inicios del mil novecientos Baronio Arciniegas heredó la posesión de una hacienda vecina con los potreros del Maizaro, en la parte alta con los de la Azotea, por un costado con la propiedad de los Hermanos de La Salle y en la parte baja con lo que hoy conocemos como la Báscula.
A la muerte de Baronio su viuda Manuela Jara heredó la propiedad. Ella, por gestión de Manuel Calle Lombana, cedió al municipio el lote usado por los jóvenes para jugar fútbol, originándose el estadio Macal.
Los terrenos restantes pasaron a los descendientes de Mercedes hija del matrimonio Arciniegas Jara. A su vez, Josefina más conocida como “doña Pepita” con autorización de sus hermanos urbanizó el terreno dando origen al barrio El Barzal.
Del área suya doña Pepita regaló a la curia una buena porción de metros cuadrados para levantar la iglesia de El Templete, que en la segunda parte de los cincuenta fue sede del Congreso Eucarístico.
El autor de estos apuntes, Carlos, es bisnieto de don Baronio Arcniegas F. quien a su vez fuera nieto de Gregorio Fernández primer Comisario de Villavicencio.
Como colofón se puede decir que las tierras de El Barzal primero tuvieron uso pecuario, luego residencial y ahora comercial, con muchas EPS.
(*) Comunicador Social comunitario
Por: Oscar Alfonso Pabón Monroy (*)
El levantamiento de la historia de la gran mayoría de los barrios de Villavicencio está por hacerse. Por muchos años el poblado conservó su estructura urbanística primitiva, pero a partir del final de los cincuenta y comienzos de los sesenta del anterior siglo el perímetro urbano comenzó a modificarse sustancialmente.
A continuación cito algunos apuntes históricos del señor Carlos Mejía Gómez, que dejan conocer asuntos relacionados con los terrenos que hoy ocupa el barrio El Barzal.
En los inicios del mil novecientos Baronio Arciniegas heredó la posesión de una hacienda vecina con los potreros del Maizaro, en la parte alta con los de la Azotea, por un costado con la propiedad de los Hermanos de La Salle y en la parte baja con lo que hoy conocemos como la Báscula.
A la muerte de Baronio su viuda Manuela Jara heredó la propiedad. Ella, por gestión de Manuel Calle Lombana, cedió al municipio el lote usado por los jóvenes para jugar fútbol, originándose el estadio Macal.
Los terrenos restantes pasaron a los descendientes de Mercedes hija del matrimonio Arciniegas Jara. A su vez, Josefina más conocida como “doña Pepita” con autorización de sus hermanos urbanizó el terreno dando origen al barrio El Barzal.
Del área suya doña Pepita regaló a la curia una buena porción de metros cuadrados para levantar la iglesia de El Templete, que en la segunda parte de los cincuenta fue sede del Congreso Eucarístico.
El autor de estos apuntes, Carlos, es bisnieto de don Baronio Arcniegas F. quien a su vez fuera nieto de Gregorio Fernández primer Comisario de Villavicencio.
Como colofón se puede decir que las tierras de El Barzal primero tuvieron uso pecuario, luego residencial y ahora comercial, con muchas EPS.
(*) Comunicador Social comunitario
Guaviare y eco turismo
Guaviare y eco turismo
Por: Oscar Alfonso Pabón Monroy (*)
La percepción generalizada sobre el Guaviare es de cierto temor debido a la carga frecuente de noticias que los medios de comunicación divulgan, por lo general sobre hechos relacionados con la economía coquera y por los impactos del desorden público impuesto por los grupos armados al margen de la ley.
Como una grande carpa esta información no permite ver la riqueza paisajística natural que ese territorio nacional alberga, el cual tiene la característica de ser transición de llano a selva.
Hace poco visité la capital del Guaviare, invitado al II encuentro de escritores regionales organizado por el Fondo Mixto de Cultura departamental. Para llegar allí viajé por ruta terrestre que a la altura de Granada sigue el recorrido del río Ariari, por su margen izquierda, rumbo que ofrece al viajero la frondosa agricultura de sus vegas, en especial las plataneras de Fuentedeoro, así como el arqueológico territorio Guayupe de Puerto Santander.
Desde Puerto Lleras y hasta la imponente estructura del puente Nowen, que traduce entrada al Guaviare, la asfaltada carretera avanza por el ondulado, hermoso y extenso sistema geográfico de la serranía de Candilejas, cruzando muchos cuerpos de aguas, unos buscando la cuenca hidrográfica del Meta y otros la del Ariari.
San José del Guaviare, ciudad puerto sobre el río del mismo nombre, está asentada sobre una dilatada sabana que por un sector limita con la serranía de la Lindosa relacionada con la Sierra de la Macarena. Este centro poblado se encuentra muy cerca de la confluencia de las metenses aguas del Ariari y del Guayabero que dan origen al Guaviare, quizá el mayor tributario del soberbio Orinoco.
A pocos kilómetros del casco urbano y en jurisdicción de la Lindosa pude conocer el monumental conjunto geológico conocido como ciudad perdida o de piedra, a mi juicio una maravilla de la naturaleza, poco conocido.
Por allí uno puede recorrer especies de calles demarcadas por moles de rocas a manera de cuadras, igual los largos túneles con ciertos laberintos, formados por enormes rocas también detallar algunos abrigos rocosos que guardan las huellas de primitivos habitantes de la región, individuos que dejaron sus trazos con diversas figuras y con tinturas rojas.
Entre la abundancia de morichales y chaparros puede conocer la delicada y emblemática flor del Guaviare cuyo nombre científico es Paephalantus Moldenkeanus y volvía a ver la endémica planta Vellosia Lithofila, o amiga de las piedras, símbolo de la Sierra de la Macarena.
Respecto a la organización de los servicios turísticos de San José del Guaviare me traje una buena impresión de la Ong Paephalantus Tours, conformada por un grupo de jóvenes, chicas y chicos, que desde su función de guías turísticos muestran un gran dominio informativo de su departamento, además son dueños de unas excelentes relaciones interpersonales. Estos noveles empresarios con su trabajo hacen grata la permanencia de los visitantes en la tierra guaviarense.
Con sobradas razones el slogan de la guía turística departamental dice: “Guaviare: patrimonio natural y cultural para disfrutar”.
(*) Comunicador Social comunitario/ Coordinador Cultural de la Unillanos
Por: Oscar Alfonso Pabón Monroy (*)
La percepción generalizada sobre el Guaviare es de cierto temor debido a la carga frecuente de noticias que los medios de comunicación divulgan, por lo general sobre hechos relacionados con la economía coquera y por los impactos del desorden público impuesto por los grupos armados al margen de la ley.
Como una grande carpa esta información no permite ver la riqueza paisajística natural que ese territorio nacional alberga, el cual tiene la característica de ser transición de llano a selva.
Hace poco visité la capital del Guaviare, invitado al II encuentro de escritores regionales organizado por el Fondo Mixto de Cultura departamental. Para llegar allí viajé por ruta terrestre que a la altura de Granada sigue el recorrido del río Ariari, por su margen izquierda, rumbo que ofrece al viajero la frondosa agricultura de sus vegas, en especial las plataneras de Fuentedeoro, así como el arqueológico territorio Guayupe de Puerto Santander.
Desde Puerto Lleras y hasta la imponente estructura del puente Nowen, que traduce entrada al Guaviare, la asfaltada carretera avanza por el ondulado, hermoso y extenso sistema geográfico de la serranía de Candilejas, cruzando muchos cuerpos de aguas, unos buscando la cuenca hidrográfica del Meta y otros la del Ariari.
San José del Guaviare, ciudad puerto sobre el río del mismo nombre, está asentada sobre una dilatada sabana que por un sector limita con la serranía de la Lindosa relacionada con la Sierra de la Macarena. Este centro poblado se encuentra muy cerca de la confluencia de las metenses aguas del Ariari y del Guayabero que dan origen al Guaviare, quizá el mayor tributario del soberbio Orinoco.
A pocos kilómetros del casco urbano y en jurisdicción de la Lindosa pude conocer el monumental conjunto geológico conocido como ciudad perdida o de piedra, a mi juicio una maravilla de la naturaleza, poco conocido.
Por allí uno puede recorrer especies de calles demarcadas por moles de rocas a manera de cuadras, igual los largos túneles con ciertos laberintos, formados por enormes rocas también detallar algunos abrigos rocosos que guardan las huellas de primitivos habitantes de la región, individuos que dejaron sus trazos con diversas figuras y con tinturas rojas.
Entre la abundancia de morichales y chaparros puede conocer la delicada y emblemática flor del Guaviare cuyo nombre científico es Paephalantus Moldenkeanus y volvía a ver la endémica planta Vellosia Lithofila, o amiga de las piedras, símbolo de la Sierra de la Macarena.
Respecto a la organización de los servicios turísticos de San José del Guaviare me traje una buena impresión de la Ong Paephalantus Tours, conformada por un grupo de jóvenes, chicas y chicos, que desde su función de guías turísticos muestran un gran dominio informativo de su departamento, además son dueños de unas excelentes relaciones interpersonales. Estos noveles empresarios con su trabajo hacen grata la permanencia de los visitantes en la tierra guaviarense.
Con sobradas razones el slogan de la guía turística departamental dice: “Guaviare: patrimonio natural y cultural para disfrutar”.
(*) Comunicador Social comunitario/ Coordinador Cultural de la Unillanos
Por aquí también anduvo un europeo expedicionario naturalista
Por aquí también anduvo un europeo expedicionario naturalista
Por: Oscar Alfonso Pabón Monroy (*)
Escribo este texto justamente el día en que con celebración oficial se recuerda al sabio botánico y sacerdote José Celestino Mutis, natural de Cádiz, España, por haber sido gestor de la Expedición Botánica en nuestro país, trabajo que luego de doscientos años sigue teniendo cifrada importancia científica para Colombia.
Como dicha celebración ha tenido tanto despliegue y en alguna manera la obra de Mutis es conocida por estos lares, quiero aprovechar la ocasión para significar, desde el campo local, un parecido trabajo efectuado por un europeo en la segunda parte de la centuria de mil ochocientos.
Fue el 2 de enero de 1876 cuando luego de 5 jornadas, es decir días, de desplazamiento desde Bogotá, llegó al pequeño poblado de Villavicencio un extranjero, quien por sugerencia de Santiago Pérez M., nuestro entonces presidente, vino al nuevo continente a cumplir un encargo científico de su gobierno.
Hablo del expedicionario francés Eduar André quien luego de escucharle lo siguiente de boca de Pérez Manosalva cambio de rumbo:”¿ y por qué usted no visita antes los Llanos de San Martín?, es aquella una de las provincias, al Este de Bogotá, casi del todo desconocida, y en la cual le aseguro a usted una buena cosecha. Si le parece bien visitarla cuente usted con mi apoyo decidido”.
El investigador con su equipo de trabajo organizó su base de operaciones en el poblado, para luego proceder a practicar salidas de campo por los alrededores, así como por las minas salinas de Upín de la hoy municipalidad de Restrepo, la más distante región visitada.
La misión del naturista André era la de capturar ejemplares de especies vegetales y animales propias del territorio. Para lo cual recogió y disecó micos, aves, insectos y reptiles, así como muchas plantas y semillas, material que bien empacado despachó para los museos naturalistas de París.
En cada recorrido se maravilló con las bondades que la naturaleza le prodigó a la región. Localizó plantas no conocidas y por tanto no clasificadas científicamente, teniendo el honor de bautizarlas. Como Mutis, también él pintó esas nuevas plantas halladas.
Cerca al río Guatiquía encontró muchos ejemplares de la palma variedad “corneto”, de la que hizo el siguiente comentario: “En sus orillas había de encontrar una de las palmas más hermosas de los Llanos, el corneto. Este árbol soberbio era conocido ya de muchos botánicos que han publicado de él interesantísimas descripciones. Pero nadie que yo sepa, había logrado introducirlo vivo a Europa, y esto es lo que iba yo a intentar”.
El señor André fue también víctima de las chanzas de los lugareños. Así, cuando estaban en un bosque alguno de sus ayudantes al encontrar un nido de avispas las alborotó, haciendo que los insectos atacaran al inocente expedicionario.
El francés escribió la bitácora de su viaje, cumplido hace 132 años por nuestro territorio, en amenas crónicas que están consignadas en el libro titulado “Viaje a la América Equinoccial”.
Vale la pena difundir estos relatos entre la comunidad metense, porque si el sabio español José Celestino Mutis no vino por estos lares, tiempo después si lo hizo Eduar André súbdito francés.
(*) Comunicador Social comunitario / Coordinador Cultural de la Unillanos
Por: Oscar Alfonso Pabón Monroy (*)
Escribo este texto justamente el día en que con celebración oficial se recuerda al sabio botánico y sacerdote José Celestino Mutis, natural de Cádiz, España, por haber sido gestor de la Expedición Botánica en nuestro país, trabajo que luego de doscientos años sigue teniendo cifrada importancia científica para Colombia.
Como dicha celebración ha tenido tanto despliegue y en alguna manera la obra de Mutis es conocida por estos lares, quiero aprovechar la ocasión para significar, desde el campo local, un parecido trabajo efectuado por un europeo en la segunda parte de la centuria de mil ochocientos.
Fue el 2 de enero de 1876 cuando luego de 5 jornadas, es decir días, de desplazamiento desde Bogotá, llegó al pequeño poblado de Villavicencio un extranjero, quien por sugerencia de Santiago Pérez M., nuestro entonces presidente, vino al nuevo continente a cumplir un encargo científico de su gobierno.
Hablo del expedicionario francés Eduar André quien luego de escucharle lo siguiente de boca de Pérez Manosalva cambio de rumbo:”¿ y por qué usted no visita antes los Llanos de San Martín?, es aquella una de las provincias, al Este de Bogotá, casi del todo desconocida, y en la cual le aseguro a usted una buena cosecha. Si le parece bien visitarla cuente usted con mi apoyo decidido”.
El investigador con su equipo de trabajo organizó su base de operaciones en el poblado, para luego proceder a practicar salidas de campo por los alrededores, así como por las minas salinas de Upín de la hoy municipalidad de Restrepo, la más distante región visitada.
La misión del naturista André era la de capturar ejemplares de especies vegetales y animales propias del territorio. Para lo cual recogió y disecó micos, aves, insectos y reptiles, así como muchas plantas y semillas, material que bien empacado despachó para los museos naturalistas de París.
En cada recorrido se maravilló con las bondades que la naturaleza le prodigó a la región. Localizó plantas no conocidas y por tanto no clasificadas científicamente, teniendo el honor de bautizarlas. Como Mutis, también él pintó esas nuevas plantas halladas.
Cerca al río Guatiquía encontró muchos ejemplares de la palma variedad “corneto”, de la que hizo el siguiente comentario: “En sus orillas había de encontrar una de las palmas más hermosas de los Llanos, el corneto. Este árbol soberbio era conocido ya de muchos botánicos que han publicado de él interesantísimas descripciones. Pero nadie que yo sepa, había logrado introducirlo vivo a Europa, y esto es lo que iba yo a intentar”.
El señor André fue también víctima de las chanzas de los lugareños. Así, cuando estaban en un bosque alguno de sus ayudantes al encontrar un nido de avispas las alborotó, haciendo que los insectos atacaran al inocente expedicionario.
El francés escribió la bitácora de su viaje, cumplido hace 132 años por nuestro territorio, en amenas crónicas que están consignadas en el libro titulado “Viaje a la América Equinoccial”.
Vale la pena difundir estos relatos entre la comunidad metense, porque si el sabio español José Celestino Mutis no vino por estos lares, tiempo después si lo hizo Eduar André súbdito francés.
(*) Comunicador Social comunitario / Coordinador Cultural de la Unillanos
Lenguas nativas
Lenguas nativas
Por: Oscar Alfonso Pabón Monroy (*)
Bajo el título “Cada 14 días muere un idioma en el mundo” el servidor Yahoo.com hace poco publicó la síntesis de un estudio del Instituto de Lenguas Vivas de Oregón y de la revista Nacional Geographic. La investigación reporta que cada catorce días muere uno de los 7 mil idiomas que se hablan a nivel global.
Posterior a esto Llano 7 días informó sobre el último indígena Tinigua que queda en la región de la Sierra de la Macarena, ya mayor él y que con su muerte irremediablemente igual desaparecerá su lengua materna.
Sirve ese marco para resaltar recientes iniciativas regionales que conozco, las que en alguna manera ayudan a disminuir el peligro en pueblos aborígenes de la Orinoquia.
Inicio con el proyecto “Proceso de recuperación de tradiciones ancestrales de pueblos Tukano Oriental que habitan el Guaviare en las comunidades de La Fuga, Refugio y Panuré” del Fondo Mixto de Cultura de Guaviare.
En este trabajo, del 2007, adultos les enseñaron a niños y niñas su lengua nativa, artesanías, música, canto y baile.
Así mismo, el Instituto de Cultura del Meta con su premio Recuperación de la lengua indígena año 2008 permitirá que el Resguardo El Tigre de Puerto Gaitán, desarrolle la “Propuesta para fortalecer y revalorar la lengua materna sikuani, mediante narración de cuentos ancestrales”.
Por su parte el Médico Veterinario, profesor de la Unillanos y poeta, Pedro René Eslava Moche, de Casuarito, Vichada, ha publicado sus dos más recientes poemarios: “Cuarenta y cuatro oficios del país del Orinoco”, 2005, y “Sin epitafios”, 2008, en las lenguas española y guahiba, las que para él son propias del entorno de su infancia.
Meritoria es la obra literaria de nuestro vate vichadense, quien antes que traducir su inspiración a idioma foráneo le rinde honor a la más grande étnia del llano colombo venezolano. Saludable para la cultura es que prosiga el rescate de lenguas nativas orinoquenses.
(*) Comunicador Social comunitario
Por: Oscar Alfonso Pabón Monroy (*)
Bajo el título “Cada 14 días muere un idioma en el mundo” el servidor Yahoo.com hace poco publicó la síntesis de un estudio del Instituto de Lenguas Vivas de Oregón y de la revista Nacional Geographic. La investigación reporta que cada catorce días muere uno de los 7 mil idiomas que se hablan a nivel global.
Posterior a esto Llano 7 días informó sobre el último indígena Tinigua que queda en la región de la Sierra de la Macarena, ya mayor él y que con su muerte irremediablemente igual desaparecerá su lengua materna.
Sirve ese marco para resaltar recientes iniciativas regionales que conozco, las que en alguna manera ayudan a disminuir el peligro en pueblos aborígenes de la Orinoquia.
Inicio con el proyecto “Proceso de recuperación de tradiciones ancestrales de pueblos Tukano Oriental que habitan el Guaviare en las comunidades de La Fuga, Refugio y Panuré” del Fondo Mixto de Cultura de Guaviare.
En este trabajo, del 2007, adultos les enseñaron a niños y niñas su lengua nativa, artesanías, música, canto y baile.
Así mismo, el Instituto de Cultura del Meta con su premio Recuperación de la lengua indígena año 2008 permitirá que el Resguardo El Tigre de Puerto Gaitán, desarrolle la “Propuesta para fortalecer y revalorar la lengua materna sikuani, mediante narración de cuentos ancestrales”.
Por su parte el Médico Veterinario, profesor de la Unillanos y poeta, Pedro René Eslava Moche, de Casuarito, Vichada, ha publicado sus dos más recientes poemarios: “Cuarenta y cuatro oficios del país del Orinoco”, 2005, y “Sin epitafios”, 2008, en las lenguas española y guahiba, las que para él son propias del entorno de su infancia.
Meritoria es la obra literaria de nuestro vate vichadense, quien antes que traducir su inspiración a idioma foráneo le rinde honor a la más grande étnia del llano colombo venezolano. Saludable para la cultura es que prosiga el rescate de lenguas nativas orinoquenses.
(*) Comunicador Social comunitario
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